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La construcción de la nueva hegemonía en México

La historia de los 12 años del Partido Revolucionario Institucional fuera de la presidencia de la república es la historia del aprendizaje camaleónico de la cultura institucional del pragmatismo corruptor. La historia de esos 12 años que son el fracaso del esfuerzo de empujar por una nueva cultura política e institucional que reconociera al disenso, el debate, la diversidad y la ética social para la democracia mexicana. Es la historia del fracaso del proyecto democratizador de la oposición de la derecha económica y la izquierda nacionalista de México. Es la historia de la pregunta de la elección del 1 de julio de 2012, ¿Regresa el PRI o lo marginamos de nuevo?

Los argumentos están a la vista de todos. El Sexenio de Vicente Fox dilapido el bono democrático y se lanzo a eliminar al potencial contendiente de la izquierda en lugar de atajar desde las instituciones la corrupción del PRI. Del PRI se escinde la corporación magisterial que vende su operatividad electoral al mejor postor. Las televisoras y el sector empresarial actúan contra el candidato de la izquierda. El candidato de la izquierda se radicaliza apelando al populismo que es aprovechado por los medios para infundir miedo irracional. El candidato de la izquierda pierde la elección, clama fraude y protesta públicamente. El presidente surgido del PAN inicia la gestión marcada de violencia y crimen desatado. Paralelamente los medios preparan al nuevo candidato consientes de su poder en la sociedad. La izquierda decide postular al mismo personaje, único que además se opone abiertamente a la concentración de medios. El candidato de la izquierda resurge a la par de un movimiento juvenil que clama por la equidad de medios. Los medios redirigen sus baterías al candidato de la izquierda. Y al día de hoy, el candidato del PRI, sigue arriba en los sondeos.

La breve y posiblemente insuficiente narración anterior tiene un hilo conductor que tensiona la historia. Que no llegue la izquierda al poder y no se cuestione al viejo partido gobernante. Los medios fundamentan ahora no como soldado sino como general el proyecto del PRI por una razón, es más fácil revivir la hegemonía pragmática, adversa al conflicto, deseosa de institucionalidad sin disenso, que obediencia y gotas de riqueza que el disenso, el debate, la controversia, la autonomía y el cambio del proyecto de distribución de la riqueza. Los medios ven en el conservador hegemónico en la cultura del mexicano la vía fácil de que su proyecto económico y a su vez hegemónico permanezca.

La cultura conservadora de la hegemonía y la paz controlada es el triunfo de Enrique Peña Nieto y la cruz de Andrés Manuel López Obrador. Una cultura que convive en su propia contradicción de deseos por el cambio esperado y una oportunidad de no ser aplastados nuevamente por una economía excluyente y una represión terrible, es la lucha del hambre y la violencia contra comodidad y seguridad de la muerte del conflicto político, ese miedo la revolución violenta y el alivio por la revolución en cadillac. La guerra contra el narcotráfico era un conciliador que podía llevar a la izquierda el medio deseado entre ambas pulsiones sociales pero el capitalizador fue el PRI, quien en la memoria resulta un pacificador por cualquier precio (y en la ética terrible de la corrupción, el preció es despreciable pero se tiene que pagar).

Estamos en la paradoja de nuestra cultura hegemónica transformando sus códigos en exigencias democráticas de manera silenciosa, traicionado el discurso democrático mismo. El disenso democrático y la crítica frontal son vistos con extrañeza y declarados de intolerancia. La adopción de convicciones contrarias se ve como una afrenta a una supuesta paz democrática donde no hay estridencia. La protesta social se ve como indeseable porque insulta al poder y en la visión distorsionada de la democracia en México el insulto y la falta de respeto son señales no de pluralidad sino de radicalidad reprobable. Le dimos a los valores conservadores de la hegemonía autoritaria del PRI que buscaba institucionalidad silenciosa, acrítica, respetuosa y ordenada un disfraz de democrático para aceptarla, era la única manera y a su vez la peor manera.

Las huelgas generales en Francia. Las marchas anti-Berlusconi en Italia. Los gritos sin golpes del parlamento ingles. La alta competitividad y elogio a la ambición personal de Estados Unidos. Los partidos de absolutamente lo que sea en Alemania. Las grandes coaliciones pragmáticas y electorales en América Latina. Fenómenos de las democracias modernas y maduras que en nuestro país vemos con extrañeza y como afrentas a las formas de ese conservadurismo de más de setenta años. Provincial y xenófobamente nos negamos a ver a la democracia en el mundo por miedo a que ese cambio que pueda no ir en el mismo camino que deseamos.

La disyuntiva del lector informado y liberal entre Peña Nieto y López Obrador es por el conservadurismo político con respecto las formas y mecanismos de la democracia que es parte de la actual cultura mexicana.

Andrés Manuel López Obrador es la expresión del código conservador de lo social que repele a la clase media deseosa de libertades pero que expresa en sus acciones un empuje por la democracia más vivida y disruptiva que choca en la internalizada visión conservadora de la hegemonía. Esa clase media que quiere libertades y democracia y se siente huérfana porque el candidato que esperaban no era un demócrata extremo sino un liberal de formas conservadoras en la política. Esa clase media que vive en la esquizofrenia de pedir democracia pero actuar autoritario, que quiere libertades pero no una intensidad democrática que las recubra, que quiere legalidad y orden pero no darle fondo democrático real. López Obrador no puede responderles como debería para ganar sus votos porque el mismo comparte ciertos códigos que no entran en una república democrática como el respeto a la legalidad, pero es claro el mismo, no respeta la legalidad que no le parezca moralmente correcta, porque como ser moral y cristiano se limita. La limitación moral de López Obrador lo hace que nunca ejecute represión física alguna ni acción armada. La gran virtud de López Obrador es precisamente su moral cristiana, un refreno de cualquier violencia física y represión política, no escuchará por estar convencido de su proyecto pero nunca enviará tanqueta o policía alguno para hacer acallar esa voz.

La contraparte Enrique Peña Nieto es la perfecta voz de la serpiente, profesional que dice lo que quieren escuchar sin comprometer una sola promesa significativa de su parte. Peña Nieto seduce a ese mexicano que todavía quiere la hegemonía con código de aparente democracia (como lo fueron 70 años, nada más que perfeccionado estéticamente) y le da sentido en su ambigüedad pragmática enfrentada a la violencia social del PAN y la irrupción estruendosa del PRD. Peña Nieto se recubre de medios y cultura política mexicana que oscurecen su pasado patente de su partido, obras sin impacto social, corrupción institucionalizada, represión violenta y cinismo que llama a la Unidad Nacional para acallar a todo aquel que quiera diversidad política y disenso escandaloso. El discurso se recubre de eficiencia sin valores, populismo anti-políticos para eliminar la representación proporcional y rapidez administrativa sin contrapeso de la aparente engorrosa burocracia limitativa de la pluralidad política. Peña Nieto propone abiertamente desmontar los mecanismos que catalizaron la transición democrática que con su propio populismo lo puede lograr con la misma democracia. El gran defecto de la democracia es el potencial de Enrique Peña Nieto, que las mayorías pueden votar por desmontar su propia capacidad de decidir y deliberar si así lo desean, si así los medios de comunicación les hace creer. No es casual que con todo esto, el votante de AMLO en 2006, campesino, obrero y persona de la tercera edad, que creyó en su programa social, vote por Peña Nieto ahora, porque él les ofrece regresar al idílico y distorsionado pasado.

Delineada la disyuntiva moral, la decisión del voto de quien no desea regreso al pasado, con nuevas formas mediáticas apoyándolo, es el cuestionamiento por el voto crítico en oposición la construcción hegemónica pragmática del PRI. De pensar que lo ideal en política es lo posible de la elección de la única opción que ofrece romper con el conservadurismo de las formas de la institucionalidad cómplice y que no ofrece represión violenta como respuesta al dialogo, sino que ofrece explícitamente democracia directa. El ejercicio del voto crítico es conocer los defectos, limitaciones y disensos con el candidato que apoyemos con la responsabilidad moral de exigirle cuando sea electo. El voto critico no basa sus argumentos en los disgustos coyunturales sino en la reflexión profunda de los hechos y acciones de los candidatos. Del candidato que sus colaboradores corruptos fueron juzgados por tribunales a el candidato que desde el congreso los solapa y los protege. Del candidato que protesta sin un solo golpe violento al candidato que reprimió la protesta social con violencia física desmedida. Del candidato que no ataca la pluralidad política y promueve la democracia directa al candidato que quiere reducir la pluralidad y volver de la unidad nacional su único mecanismo democrático. Del candidato que prefiere no pronunciarse sobre libertades al que en los hechos los reprimió. Es la disyuntiva moral de las personas que desean democracia y libertad, su acción podría marcar diferencia pero puede que su mezquindad conservadora en lo política y expectativas irrealmente elevadas terminen generando desunión en este polo para que el polo pragmático y vacio totalmente de ideales triunfe.

El llamado de la historia está en la decisión personalísima en ser verdaderos demócratas y aceptar las consecuencias de lo que implica la democracia o avalar con indiferencia que la simulación revestida de tan atractiva unidad nacional que reconstruye con nuevos mecanismos la hegemonía del PRI que quiere restituir los mecanismos del aparato anterior y ya no usando a los medios sino simplemente haciendo sinergia como pares. Estemos a la altura de la democracia que deseamos, seamos críticos del poder pero no haciendo oídos sordos de su potencialidad, levantemos la mirada más allá que el candidato de quien esperábamos más, porque el momento nacional lo requiere. Mi opinión personal es por detener el lento pero seguro proceso de reconstrucción de la hegemonía pragmática autoritaria y seguir con el experimento democrático. No descarto que el PRI pueda ser una opción democrática en nuestra boleta como cualquier partido, pero en esta elección, abiertamente quiere desarticular la democracia desde la democracia.