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México Organised crime

La paradoja de definir el enemigo

Lo sorprendente es que el autor sí intentó ser disruptivo en otro campo: el de las ciencias sociales, y el resultado es un homenaje a las teorías de la conspiración de sus periodistas favoritos.

Zavala, Oswaldo (2018), Los cárteles no existen. Narcotráfico y cultura en México, Madrid, Malpaso.

El título del libro anuncia la ambición disruptiva del autor. A pesar de ello, dados sus antecedentes en el mundo académico y de la crítica literaria, era de esperarse una crítica cultural, semántica y lingüística de la palabra cártel y su impacto en la producción del lenguaje sobre los fenómenos relacionados con el tráfico de drogas y de la violencia en años recientes en México. Efectivamente parte del libro así es: ensayos críticos del periodismo sobre narcotráfico y/o sobre visiones alternativas de escritores de novela policiaca. De ellos no tengo mayor comentario, ese no es mi terreno profesional. Lo sorprendente es que el autor sí intentó ser disruptivo en otro campo: el de las ciencias sociales, y el resultado es un homenaje a las teorías de la conspiración de sus periodistas favoritos.

Zavala no edulcora su gusto por la teoría de la conspiración, sino que explícitamente la abraza y le da un marco teórico más amplio en su percepción de la producción literaria para así ampliarlo a los hechos históricos de las últimas décadas. De hecho, cita a su teórico principal para cubrirse de la crítica misma de ser un nuevo productor de teorías de la conspiración: “No creo en las jodidas teorías de la conspiración. Estoy hablando de la una jodida conspiración” es la frase del periodista Gary Webb que ampliamente cita y usa de epígrafe. ¿Cuál es la esencia? Resumida en diversos capítulos, Zavala cree (y esa es la palabra indicada) que el conflicto entre organizaciones criminales (a las cuales él objeta que las autoridades, periodistas y escritores le llamen cárteles) en realidad es una campaña de exterminio del Estado mexicano al servicio de EEUU para permitir políticas de extracción de energéticos. Esta es una idea devenida de las denuncias de un periodista llamado Ignacio Alvarado, la cual está combinada con las hipótesis de Webb.

¿Cuál es la evidencia del autor? En realidad, ninguna. El autor arma un rompecabezas con piezas que tanto pueden ser reportes de Stratfor, cables de Wikileaks, cuanto la obra de Luis Astorga o de Fernando Escalante, además de los textos de sus héroes literarios y periodísticos. Es pues un ensayo, más no un ejercicio de ciencias sociales. Se me podría objetar que un ensayo literario provocador no debería ser objeto de mi crítica, ya que en el ámbito de la literatura es más un intento de persuasión, pero no de experimentación científica. No obstante, el autor dice explícitamente en la página 251 que el propósito de su ensayo, que nombra investigación, es “(…) describir que los llamados “cárteles” son objetos sin referente, construidos desde el discurso oficial para justificar el gasto público securitizado y, luego, para legitimar la violencia política federal que lo desplegó por ciudades y regiones del país con el sangriento saldo de hombres y desapariciones que después fueron atribuidos a los mismos traficantes que decían combatir”. El autor es claro en su objetivo y ambición.

La oración citada es preocupante. En medio de la evidencia clara que los operativos militares del gobierno de Calderón desataron un conflicto armado en México, el autor es capaz de decir que todas esas muertes son única responsabilidad del Ejército y otras agencias de seguridad. Es decir, el autor cree que el Estado mexicano impuso violencia política masiva para justificar una reforma energética que sucedió en 2013 (así la dudosa lógica secuencial del autor). ¿Cómo probar qué esto sucedió? Simple, el autor argumenta que todos los académicos, periodistas y escritores se han creído el discurso gubernamental, que lo que dicen es ficción y que esa ficción oculta la gran conspiración. Lo repite explícitamente una y otra vez en capítulos separados, organizados sin mucha lógica, entre sus ensayos sobre sus héroes o sus enemigos (usualmente Anabel Hernández, Diego Enrique Osorno o Natalia Mendoza Rockwell).

El engaño está en la definición del enemigo, según Zavala. Los narcos son quienes el Ejército designa como tal, en organizaciones que designa cárteles. ¿Por qué no existen los cárteles? Según Zavala, quien no se pregunta la definición de cártel, dice que en realidad se debe a tres factores: uno, una construcción discursiva del enemigo por parte del gobierno. Dos, porque hay corrupción y componendas entre traficantes y políticos. Tres, porque explícitamente tres personajes lo dijeron. Vamos una por una.

En el primer factor, extrayendo del libro de Fernando Escalante, El crimen como realidad y representación: contribución para una historia del presente (2012), el lenguaje de la plaza y el cártel es creado por el gobierno y, por lo tanto, una parte importante ficción. Coincido, desde cualquier libro de historia oficial se puede notar que los combatientes de un conflicto crean un discurso del enemigo y una narrativa para explicar la justificación del conflicto. Sin embargo, Zavala evita hablar de la realidad, por ejemplo, del trabajo etnográfico que rompe con esa narrativa, en especial el libro de Natalia Mendoza Conversaciones en el desierto: Cultura y tráfico de drogas (2008), que es la versión publicada de la tesis de licenciatura de la autora que precisamente dirigió Fernando Escalante como profesor de El Colegio de México. Es decir, Zavala “deduce” que el discurso gubernamental crea ficción y, por lo tanto, es ficción, ignorando la realidad investigada.

Otro ejemplo que utiliza Zavala de esta construcción de discurso gubernamental como evidencia de la inexistencia de los cárteles es un silogismo excesivamente elemental: el Ejército (y el gobierno con su aparato mediático) crea una idea de hombres mayores como narcotraficantes, por lo tanto, para Zavala el perfil de las víctimas de homicidio, hombres jóvenes, desaprueba que los cárteles que perfila públicamente el Ejército existen. En realidad, este hecho solo nos revela que, quizás, sin presumir el motivo de la muerte de miles de mexicanos en esta década, es que podemos hacer una hipótesis: un integrante del crimen organizado es más joven de lo que dice el gobierno, nada más. De hecho, la literatura académica en crimen organizado o criminología en general apunta eso, sin haber tenido la necesidad de analizar profundamente el discurso gubernamental.

Tratando el segundo factor, Zavala interpreta a partir de extractos de las obras del sociólogo Luis Astorga, y de un capítulo de libro de Froylán Enciso (Los fracasos del chantaje régimen de prohibición de drogas y narcotráfico), y llega a la conclusión que la corrupción de los oficiales mexicanos se debe exclusivamente a la obediencia al gobierno de los Estados Unidos. Zavala parece que no comprende bien que las afirmaciones de Luis Astorga devienen del marco teórico de la teoría de campos de Bordieu, por la cual Astorga afirma que los campos del crimen y de la política interactúan y se traslapan. Tampoco parece entender cómo se conforman los regímenes de prohibición internacional de las drogas (que uno puede revisar en el libro Nuestra historia narcótica: pasajes para (re)legalizar las drogas en México de Froylán Enciso). Claro que Zavala toma extractos de ambos autores y los combina con la designación de Carlos Pascual como embajador de EEUU en México y listo, ya concluyó que ellos decían que no hay interacción sino subordinación neoliberal y por eso el gobierno mata en las calles y no existen los cárteles.

En cuanto al tercer factor, de manera velada, Zavala usa tres declaraciones de tres personajes relevantes en el mundo del narcotráfico para probar que los cárteles no existen. Primera, la declaración de Gilberto Rodríguez Orejuela, líder del cártel de Medellín, al ser detenido en Colombia, quien afirmó que todo era una invención de la DEA. Segunda, la declaración del Chapo a Sean Penn, en que se clama un campesino. Tercera, que el procurador Raúl Cervantes dijo que el narcotráfico no controla zonas del país. Aparentemente, Zavala puede dudar de la honestidad de periodistas, académicos, políticos y escritores, pero cree que las declaraciones de estos tres personajes son honestidad pura y sin intereses de por medio.

Personalmente creo que hay razón, inadvertidamente, en lo que dice Zavala: el lenguaje que se ha usado para describir a las organizaciones criminales en México y sus actividades crea intuiciones equivocadas. No me queda claro que la palabra cártel o pandilla sean mejores que crimen organizado. Pero en lugar de hacer una examinación más cuidadosa y conceptual, Zavala solo crea un enemigo discursivo, que es el mismo discurso gubernamental, para presentar las teorías de la conspiración de sus periodistas y mejorarlas con hipótesis sobre el neoliberalismo y la reforma energética. Paradójicamente, mediante un discurso ideológico, Zavala hace exactamente lo mismo que hacen a los que crítica ferozmente página tras página. De hecho, lo confiesa: “Más allá de la materialidad del tráfico de drogas, lo que con frecuencia denominamos “narco”, es la invención discursiva de una política establecida para responder a intereses geopolíticos específicos”. Al autor le estorba la “materialidad” (forma marxista de decir realidad) para hacer su invención a partir de la invención que él denuncia.

De hecho, Zavala, después de la detención de Genaro García Luna por actos de corrupción en EEUU en relación al Cártel de Sinaloa, lo hizo celebrar y reflexionar en twitter:

¿No era México el empleado de EEUU bajo la lógica de Zavala? Pues no, lo importante para Zavala es defender la lógica conspirativa del título de su libro, más allá de la consistencia lógica de sus propios argumentos. Todos los autores que ha citado, por excepción de sus teóricos de la conspiración favoritos, pueden ser leídos de manera separada y podemos llegar a una idea mucho más sofisticada y menos caricaturesca de lo que Zavala presenta. Aunque claramente hacer esto no es complacerá a las lógicas circulares de las teorías de la conspiración. Si tan solo Zavala hubiese verificado todo lo que dice en su libro como se lo demanda a un reportero de Proceso en el siguiente tuit:

También es curioso que Zavala confiese en entrevistas que no niega la materialidad de los traficantes. Lamentable que no lo haya hecho en su propio libro.

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